La sinceridad

Es la virtud o práctica sana y estable de expresarse basados en la verdad, con sencillez, sin fingimientos y con honestidad, esto es, haciendo lo correcto, incluso hasta en casos difíciles, también generará bienestar, por el bien que se practica y se pretende, haciendo buen uso de la libertad, que siempre invita al buen obrar, con caridad, que es el paso o vínculo a la perfección (Cf. Col. 3,14).

La sinceridad observa siempre la inteligencia y la caridad, pues se expresa la verdad de una forma razonable, oportuna, pedagógica, sin ofender o causar molestias o daños a nadie; por eso, la persona sincera nunca tiene expresiones como: ”Se lo dije de frente ¿y qué?, le canté la verdad y de la forma como me salió, me desahogué, así haya ofendido o causado daño, o hasta me haya llevado a perder la amistad o haya generado malos ambientes, o algo por el estilo”. La persona sincera sabe qué, cómo y cuándo decir, o hacer las cosas, con la seguridad, la paz y la dicha de saber manifestarse, generando con ello bienestar y mostrando sus buenos sentimientos.

Es cierto que hay que hablar y/o actuar según lo que se piensa realmente, pero con criterio, razonable y humildemente, asimilando que no todo lo que se piensa, expresa o hace está bien, por lo que debemos hacerlo con juicio crítico, con la capacidad de no solo conocer la verdad, sino además, de obrar con sabiduría, para expresarnos u obrar acertadamente, sin tener que lamentarnos después por lo dicho, omitido, realizado o manifestado. Ello implica una postura de sano juicio, que conlleva a pensar, a sentir, a obrar y a tratar bien, en toda época, situación y lugar.

La persona sincera reconoce sus valores, límites, alternativas, retos y procederes a realizar, para alcanzar sus logros, cuidar su salud, madurar más, comportarse mejor, proporcionar bienestar, tener más superación, gozar una adecuada convivencia y tener la realización verdadera como persona e hijo de Dios, en su estado de vida u otras vocaciones, responsabilidades y funciones que tenga, por lo que busca en toda ocasión obrar el bien, comprendiendo que lo bueno genera lo que es bueno y vive en ese arte de saber vivir, que lleva a la felicidad, por saber comportarse de verdad.

La persona sincera obra con caridad, buscando el bien, sin ofender o causar daños y con el ánimo y la inteligencia de practicar lo benévolo, manifestando la verdad de su buen pensar, sentir y obrar con transparencia, amabilidad y firmeza, de una forma respetuosa, honrosa, constructiva, oportuna, sana, edificante y sabia, manifestando sus valores  que lo hacen persona virtuosa, grata, respetada, admirada y escuchada, porque no solo tiene el valor de decir y hacer las cosas sinceramente, sino que lo expresa sanamente, con amor, sin odios, ni irrespetos, ni apariencias o falsedades.

La persona sincera piensa para expresarse y no se expresa impulsivamente para  luego sí pensar. La persona sincera consigo misma reconoce humildemente las irregularidades que comete, como la inmadurez, la rebeldía, la ofensa, la injusticia, el capricho, el mal humor, la obstinación, el odio, la venganza u otras irregularidades que degeneran, por su imprudencia. Tenemos la libertad para sabiamente optar por ser sinceros en verdad y no impulsivos o falsos por no saber expresarse sabiamente.

La persona sincera es real, optimista, emprendedora y exitosa, porque sabe que al obrar bien hace ciencia con su experiencia de basarse en la verdad, creciendo en conocimiento, veracidad y buen comportamiento, desarrollando a la vez habilidades, criterio y carácter, gozando y compartiendo el presente con su sincero buen obrar y  preparándose para una mejor vida, que también la alcanza y vive por su sinceridad de obrar bien en todo caso. El ser sinceros es una opción que nos hace exitosos.

La persona sincera vive segura y genera confianza en sí misma y en su entorno, pues nosotros, como los demás, también percibimos cuando se está obrando en la verdad o en la falsedad, siendo una invitación y beneficio el optar por la sinceridad, pudiéndose conocer, profundizar y asimilar más sobre esta virtud en el bolsilibro pedagógico titulado La Sinceridad, editado por Ediciones San Pablo. Siempre es beneficioso para niños, jóvenes y adultos el aprender sobre la práctica de esta virtud, que conlleva a actuares sensatos y a la convivencia fraterna, fiel y edificante.

La sinceridad nos lleva a reconocer que hay un Dios Supremo, que es benévolo, amoroso, eterno, sempiterno, fiel, generoso y misericordioso, quien nos creó a su imagen y semejanza (Gn 1,26), equipándonos para nuestra realización como hijos adoptivos suyos para que vivamos de lo mejor, con sinceridad y autenticidad, actuando debidamente para que hagamos realidad sus promesas, al nosotros obrar en el amor, con sus manifestaciones nobles y edificantes, como lo es la sinceridad.

Si practicamos la sinceridad, estamos andando en la verdad, siendo auténticos, personas de fiar, que bien sabemos que estamos obrando bien y buscando el bienestar de todos, forjando duraderas amistades y el camino al éxito, gozando de ser persona virtuosa, con una personalidad que elige la verdad y se supera por ello.

Tengamos siempre presente:

“Habéis purificado vuestras almas, obedeciendo a la verdad, para amaros los unos a los otros sinceramente como hermanos” 1 P, 1, 22.

“No os engañéis, de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará” Gal 6.7.

 “Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la verdad” 1 Jn 3,18.

“Crea en mí, oh Dios, un puro corazón, un espíritu dentro de mí renueva” Sal 51,10.

“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios” Mt 5,8

Conozca otras obras del autor en Editorial San Pablo y Ediciones Paulinas.